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Repaso Alacet

La Iglesia como Cuerpo de Cristo, y Cristo como Cabeza de la Iglesia.

13 de Julio de 2011

La eclesiología de San Pablo (II):

Ya vimos en la anterior exposición la cuestión del bautismo como incorporación a la Iglesia; abordamos ahora la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

El CEC enseña la doctrina de “La Iglesia, Cuerpo de Cristo” en los nn. 787-796; entresacamos algunos números:

789 La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo. Tres aspectos de la Iglesia - Cuerpo de Cristo se han de resaltar más específicamente: la unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo Cabeza del Cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo.


"Un solo cuerpo"

790 Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y se hacen miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a Cristo: "La vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real" (LG 7). Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo (cf. Rm. 6,4- 5; 1Co 12,13), y en el caso de la Eucaristía, por la cual, "compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con él y entre nosotros" (LG 7).

791 La unidad del cuerpo no ha abolido la diversidad de los miembros: "En la construcción del cuerpo de Cristo existe una diversidad de miembros y de funciones. Es el mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia". La unidad del Cuerpo místico produce y estimula entre los fieles la caridad: "Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él" (LG 7). En fin, la unidad del Cuerpo místico sale victoriosa de todas las divisiones humanas: "En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 27-28).


Cristo, Cabeza de este Cuerpo

792 Cristo "es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1,18). Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a la gloria del Padre, "él es el primero en todo" (Col 1,18), principalmente en la Iglesia por cuyo medio extiende su reino sobre todas las cosas:



793 Él nos une a su Pascua: Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él "hasta que Cristo esté formad o en ellos" (Ga 4,19). "Por eso somos integrados en los misterios de su vida…, nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con él para ser glorificados con él" (LG 7).


794 El provee a nuestro crecimiento (cf. Col 2,19): Para hacernos crecer hacia él, nuestra Cabeza (cf. Ef. 4, 11-16), Cristo distribuye en su cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en el camino de la salvación.


795 Cristo y la Iglesia son, por tanto, el "Cristo total" ["Christus totus"]. La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta unidad" (Se citan textos de San Agustín, San Gregorio Magno, Santo Tomás de Aquino, y Santa Juana de Arco).

La Iglesia es la Esposa de Cristo

796 La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del Cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación personal. Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de Cristo esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (cf. Jn. 3,29). El Señor se designó a sí mismo como "el Esposo" (Mc 2,19; cf. Mt 22,1-14; Mt 25,1-13). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa "desposada" con Cristo Señor para "no ser con él más que un solo Espíritu" (cf. 1Co 6, 15-17; 2Co 11,2). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap. 22,17; Ef. 1,4; Ef. 5,27), a la que Cristo "amó y por la que se entregó a fin de santificarla" (Ef. 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef. 5,29):


"He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos… Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza ["ex persona capitis"] o en el de cuerpo ["ex persona corporis"]. Según lo que está escrito: "Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. "(Ef. 5,31-32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal… Como cabeza él se llama "esposo" y como cuerpo "esposa" ". (San Agustín, psalm. 74, 4: PL 36, 948 - 949).

Los textos paulinos destacados son:


- Gal 3,27-28:
27 Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.
28 Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, ya que todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús.

- Gal 4,19:
19 hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros.

- Col 1,18:
18 El es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia; él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que él sea el primero en todo.

- Col 2,19:
19…unido a la cabeza, de la cual todo el cuerpo, alimentado y trabado por medio de junturas y ligamentos, crece con el crecimiento de Dios.

- 1Co 6,15-17:
15 ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿voy a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una meretriz? De ninguna manera.
16 ¿No sabéis que el que se une a una meretriz se hace un cuerpo con ella? Porque, dice la Escritura: Serán los dos una sola carne.
17 En cambio, el que se une al Señor se hace un solo espíritu con él.

- Ef. 4,11-16:
11 El constituyó a algunos como apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores,
12 para que trabajen en perfeccionar a los santos cumpliendo con su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,
13 hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo.
14 De este modo ya no seamos niños que fluctúan y están zarandeados por toda corriente doctrinal, por el engaño de los hombres, por la astucia que lleva al error.
15 Por el contrario, viviendo la verdad con caridad, crezcamos en todo hacia aquél que es la cabeza, Cristo,
16 y de quien todo el cuerpo trabado y unido por todos los ligamentos que lo nutren, según la función correspondiente de cada miembro, va consiguiendo su crecimiento para su edificación en la caridad.

- Ef. 5,29-30
29 pues nadie aborrece nunca su propia carne, sino que la alimenta y la cuida, como Cristo a la Iglesia,
30 porque somos miembros de su cuerpo.


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La Iglesia, Cuerpo de Cristo

Pablo alcanzó originariamente su percepción del misterio de la Iglesia en las palabras que Cristo le dirigiera durante su conversión camino a Damasco: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4). En esas palabras Cristo incorporaba a su persona a los cristianos perseguidos, como formando una unidad. Pablo exclamará más tarde por eso, con profundo dolor: «He perseguido a la Iglesia de Dios» (1Co 15,9; Ga 1,13; Flp. 3,6), presentando su comportamiento casi como el peor delito que había podido cometer: perseguir a los cristianos era perseguir al mimo Cristo.


Esta percepción del misterio de la Iglesia está en la base de una de las imágenes con que Pablo la describe: «Cuerpo de Cristo» (1Co 12,27; Ef. 4,12; 5,30; Col 1,24), que ha dado lugar a la concepción cristiana de la Iglesia como «cuerpo místico de Cristo». Así se expresa: «Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1Co 12,12-13). Esta última frase conduce a una conceptualización del misterio de la Iglesia en su íntima vinculación con la Eucaristía, donde el cristiano recibe de modo eminente el «Espíritu de Cristo»: Cristo nos da su Cuerpo y nos convierte en su Cuerpo. En este sentido, san Pablo afirma: «Todos vosotros sois uno en Cristo» (Ga 3,28); o bien: «Dado que hay un solo pan, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo» (1Co 10,17).


El Apóstol también utiliza otras imágenes de gran simbolismo para manifestar la esencia profunda de la Iglesia, como la de «Esposa de Cristo» (Ef. 5,21-33), asumiendo una antigua metáfora profética que consideraba al pueblo de Israel como la esposa del Dios de la alianza (Os 2,4.21; Ib. 54,5-8); y la de «campo de Dios» o «edificación de Dios», y así escribe: «Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (1Co 3,9-11).


En particular, en el contexto en el que nos encontramos conviene subrayar que, en Pablo, su presentación del misterio de la Iglesia está imbuido de su gran amor a la Esposa de Cristo, no sólo a las Iglesias por él fundadas en sus recorridos apostólicos, como era fácil de suponer, sino que sentía una verdadera «preocupación por todas las Iglesias» (2Co 11,28), a las que procuraba exhortar a una fe más viva o corregir sus desviaciones, en ocasiones con acentos graves, como se observa en la carta a los Gálatas (Ga 1,6) o en la de los Corintios (1Co 11,17-34; 2Co 6,11-18; 10-13).

En otras ocasiones, como a los Filipenses, por el contrario, manifiesta el gozo de la fidelidad de esos cristianos llamándoles «hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona» (Flp. 4,1). Y siempre demostraba a los fieles un verdadero sentimiento no sólo de paternidad, sino también de maternidad, dirigiéndose a sus destinatarios con frases como: «hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Ga 4,19; 1Co 4,14-15). Finalidad de san Pablo era en definitiva exhortar a los cristianos a «no extinguir el Espíritu» (1Ts 5,19), siendo la edificación mutua un criterio especialmente importante: «Que todo sea para edificación» (1Co 14,26).

Para esto cada uno debía ser plenamente fiel a los carismas recibidos, remontándose todos ellos a un único manantial, al Espíritu del Padre y del Hijo. En efecto, «a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común» (1Co 12,7). Era necesario, por tanto, «conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz: un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados» (Ef. 4,3-4). (Extractado de M.A. Tábet, La figura de San Pablo ante el año paulino 2008-2009).



Sintetizaremos todas estas ideas:

La Iglesia es descrita por San Pablo como comunidad de los creyentes, unidos entre sí por estrechos y misteriosos vínculos de solidaridad. En Cristo, todos los fieles son una sola cosa. Esta idea será desarrollada por el Apóstol hasta formular la doctrina del “Cuerpo de Cristo” en las Epístolas a los Corintios.


La idea fundamental que San Pablo enseña es el carácter sobrenatural de la Iglesia: Cristo la ha fundado, es su Cabeza y la gobierna a través de los ministros.


La unidad de la Iglesia se basa en que todos los cristianos son “de Cristo”, por lo que no caben facciones ni partidos.


Por medio de metáforas, San Pablo deja muy claro que el principio de unidad es Dios. De decisiva importancia para entender la Iglesia es la designación de Cuerpo de Cristo.


La concepción paulina supera el concepto humano de sociedad o corporación, que son cuerpos “morales”. Entre Cristo y la Iglesia la unión es real y vital: Cristo vivifica a la Iglesia y a los cristianos que son una sola “persona” con Él. Sin embargo, cada uno conserva su individualidad. La unidad entre los miembros del Cuerpo de Cristo abarca tanto el aspecto interior y espiritual como el aspecto estructural visible, de modo que la diversidad de oficios y ministerios dentro de la Iglesia en nada empaña la unidad a la vez espiritual y jerárquica.


El punto central es el misterio de Cristo. “En Él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9). Cristo es Creador, junto con el Padre, pero a la vez ha asumido una naturaleza creada; por esto es el primero de los hombres y superior a todos.



El señorío de Cristo sobre todo lo creado se pone de relieve, de modo particular, en el mundo angélico y se expresa mediante el término “cabeza”: el Señor es cabeza de todos los seres, celestes y terrestres.


Esto es así porque el Padre tuvo a bien que en Cristo habitase toda la plenitud (pleroma) y por Él reconciliar todos los seres consigo.



La capitalidad no radica sólo en su constitución ontológica como Dios y Hombre, sino también en su actividad soteriológica, porque es el Salvador. La salvación ya ha sido realizada pero su aplicación continúa realizándose, puesto que sus frutos han de llegar a todos.



Una aplicación de la capitalidad de Cristo sobre el cosmos es su señorío, no sólo sobre los cielos o lo más íntimo del ser humano, sino sobre todas las realidades de la tierra y los afanes de la vida cotidiana: las realidades temporales son susceptibles de cristianización y deben ser santificadas. Las realidades temporales son el medio que permite al hombre alcanzar su fin último, la salvación.



Cristo cabeza de su cuerpo que es la Iglesia. Tres elementos: la primacía (Col 1,18), la perfección y el influjo vital (Col 2,19).




La Iglesia-Cuerpo de Cristo se manifiesta en la economía de la salvación no sólo como sujeto meramente pasivo, sino también activo, siempre en estrecha dependencia de Cristo-Cabeza.



El cuerpo prolonga la acción de la cabeza: la Iglesia prolonga la acción de Cristo.


La Iglesia, formada por todos los cristianos, es un sólo Cuerpo con Cristo, para lo cual Dios reparte entre sus fieles sus dones y carismas.

J.F.B.R.

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